Ficha película

Título:
Bajo el sol de la Toscana
Director:
Audrey Welles
Intérpretes:
: Diane Lane, Lindsay Duncan, Sandra Oh, Raoul Bova, Vincent Riotta, Mario Monicelli, Roberto Nobile
Calificación:
Crítica

Paul Bowles era uno de esos personajes impenitentes en búsqueda permanente de su propia identidad y desde las arenas del desierto del Sahara hasta los lugares más recónditos, fueron recorridos para buscar algo que diera sentido a su existencia. Algo parecido le sucedió a la escritora real de esta novela, que llegó casi de rebote a Italia, y se quedó viviendo en una mansión en ruinas que compró, para así restaurarla, en clara metáfora con su propia vida. La traslación literal de dicha odisea es la que nos cuenta con bastante poca originalidad Audrey Welles, que escribiera anteriormente filmes tan interesantes como “La verdad sobre los perros y gatos” y “Un chico llamado Norte”. El cántico a la “libertad” personal y a la “felicidad” –entrecomillo para que los tópicos no suenen tan tópicos- que se sucede en el film resulta tan previsible como cansino, máxime cuando la protagonista es a Italia donde viaja huyendo de un divorcio y buscando a esos guapos latinos de pelo rizado.
La esforzadísima interpretación de Diane Lane es todo un contrapunto para mostrar todo el costumbrismo presuntamente entrañable y tapizado de un sentido primigenio de la felicidad. Lo abominable es la mirada cómplice de esta producción norteamericana a todas las tradiciones italianas, como diciendo “pobrecitos estos paletos”; lejos de entroncar la reflexión sobre la búsqueda de felicidad, es como una soberbia y soslayada visión de superioridad que resulta irritante en muchos casos. Toda la trama principal del film –las historias de amor de la madura protagonista con un bello italiano que para fomentar más las expectativas tiene un Alfa Romeo descapotable…- se supedita para mostrar ese costumbrismo puro y dulce, que al parecer es lo que realmente le interesó a la directora, intentando casi más hacer un documental de emociones y costumbres transculturales que una película con unos personajes de carne y hueso, que sienten, sufren y pueden incluso llegar a ser felices de la forma más inesperada –que es, precisamente, la reflexión que plantea la novela, algo almibarada, pero entrañable-.
Puede ser el Vellocino de Oro, la Piedra Filosofal, el Santo Grial o las Minas del Rey Salomón, pero el hombre, en su inquieto espíritu siempre ha buscado la felicidad inexcusable e incansablemente, sin darse cuenta que la felicidad, al igual que la tristeza, la grandeza o la miseria, no se encuentra en lo material, sino dentro de uno mismo. Solo queda buscarlo. Bowles, como Hemingway y otros tantos, buscó incansablemente con una mirada de igual a igual, sin juzgar y –lo que es más importante- prejuzgar.


Federico Casado Reina



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